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Fotografía: EL JARDÍN - Maria Camila Tobón Gaviria - Álbum 2012 Revela Colombia

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Mompox, tesoro del Magdalena

Mompox, tesoro del Magdalena

Artículo Toya Viudes, contenido del Blog Colombia de Una. 

“Por Mompox no se pasa, a Mompox se llega” me aclara Dora Serafinoff, rectora del Colegio Santa Cruz y miembro de su Academia de Historia, quien hace más de sesenta años viajó por primera vez hasta aquí en viaje de novios en un larga y ajetreada travesía por el río Magdalena para volver meses después y nunca más marchar. Imagino a Dora, de diecisiete años y bogotana hasta en el andar, desembarcando frente a la polvorienta y bulliciosa plazadonde se levantaba entonces el antiguo mercado: “Hacía tanto calor que me sentí metida dentro de un fogón, pero a Mompox llegaría una y otra vez porque aquí me siento de vacaciones”, me confiensa entre risas.

 

 

 

Mi periplo hasta esta bella localidad con aire español y sabor caribeño, que pertenece a la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia, es Bien de Interés Cultural Nacional y cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad, ha sido mucho más sencillo: un servicio puerta a puerta desde mi casa de Santa Marta en una cómoda furgoneta y cinco horas y media después –eso sí, tras cruzar el río en un planchón a la altura de Santa Ana-, estoy sentada frente a la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Mompox escuchando un vallenato antiguo y bebiendo una cerveza bien fría que me sabe a gloria divina. “¿O se dice Mompos? Ajá, se dice Mompó, a secas”, leo en algún sitio. O Mompoj, también podría ser, como se llamaba el cacique de la tribu Kimbay con el que tuvo que librar batalla el sevillano Alonso de Heredia antes de fundar la ciudad el 3 de mayo de 1537Esto es Colombia, lo sé, pero me siento como en casa porque hay que ver cómo se parece todo esto a España, eso sí, con la diferencia de que aquí muchas edificaciones están pintadas con los colores típicos del Caribe.

 

Santa Cruz de Mompox, a mí me gusta escribirlo así, terminado en x, se ubica en el Caribe colombiano, al sur del departamento de Bolívar, sobre la isla de agua dulce más grande de Latinoamérica, rodeada por las aguas del Magdalena que le dio la vida y se la quitó con las mismas. Pero no nos adelantemos en el tiempo y para entender la historia retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo XVII cuando en época de la Colonia se abre en Cartagena de Indias el Canal del Dique para facilitar el acceso al Magdalena, convirtiéndose Mompox en uno de los puertos fluviales más importantes y seguros del Virreinato de la Nueva Granada.

 

 

 

Es jueves, han pasado cientos de años desde entonces, acaba de salir el sol y paseo por el bello balcón sobre el río que es la Calle de la Albarrada, llamada así por el muro de contención para las crecientes que, además, sirvió de protección militar; solo unos pocos vecinos en bicicleta se cruzan en mi camino, hace fresquito y el único sonido que escucho es el trinar de los pájaros y el de algún que otro gallo que me avisa del comienzo del día.

 

Me siento en los Portales de la Marquesa -con su conjunto de casonas señoriales a cual más bonita-, e imagino historias de la Mompox consentida y querida, la de las grandes fortunas y nobles criollos, de la que se conservan en perfecto estado iglesias y casas palaciegas, las rejas en hierro forjado sin un solo punto de soldadura y ninguna igual a otra, y los inmensos portones y cornisas que le dan ese aire señorial que tanto admiro y del que tanto disfruto; la Mompox que nada tiene que envidiar a Cartagena de Indias, y a la que, a mediados del siglo XIX, el Río Grande de la Magdalena sumió en el abandono y el olvido al cambiar caprichosamente su curso y hacer imposible la navegación hasta aquí de los grandes buques.

 

Tampoco queda nada de las pequeñas embarcaciones, las chalupas, que hacían la ruta; “Todo eso se acabó, es historia” me cuenta José Mejía, chapulero durante casi cuarenta años, mientras me muestra nostálgico una de las argollas para amarrar las embarcaciones que duerme oxidada bajo la maleza.

 

El río se fue y Mompox desapareció del mapa, el tic-tac de su corazón se detuvo para sumirse en el abandono y el olvido, y hasta el general Bolívar tuvo el valor de negarla: “Mompox no existe, a veces soñamos con ella pero no existe” le dijo a su edecán José Palacios según cuenta García Márquez en “El general en su laberinto”. Pero les aseguro que claro que existe, tan bella y colonial como siempre, o más, y así la contemplo desde el campanario de la Iglesia de Santa Bárbara –no dejen de subir, son poquitas escaleras y las vistas son una maravilla-, con sus techos de tejas rojizas, las calles sinuosas y sombreadas y los patios rebosantes de árboles frutales. Ay Mompox, qué hubiera sido de ti si el río no se hubiera desviado y el progreso te hubiera sacudido, me pregunto.

 

 

 

Además de la de Santa Bárbara, la más fotografiada con su fachada amarillo chillón, en Mompox hay cinco iglesias más, bueno seis si contamos la de la capilla del cementerio, según me cuenta Luis Alfredo Domínguez, excelente guía de la ciudad y con quien las recorro en la tarde cuando el sol nos da una tregua: La Concepción, cuya cúpula se divisa desde cualquier rincón y aparece en todas las fotografías; San Francisco, pintada de intenso ocre; San Juan de Dios, la más pequeña; Santo Domingo, pegadita al Colegio Nacional Pinillos que también merece una visita, y San Agustín. Una advertencia: cuando vean una iglesia abierta aprovechen y entren a visitarla porque casi siempre están cerradas. Y un consejo: no dejen de darse una vuelta por el Museo de Arte Religioso que exhibe gran variedad alhajas para el culto religioso entre las que destaca el Tabernáculo del Corpus Christi.

 

Mompox“Tierra de Dios”, no solo por sus iglesias y fervor religioso sino también por su Semana Santa, herencia de la de tierras andaluzas, pero no quiero olvidar Mompox “La Valerosa”, la que el 6 de agosto de 1810 se atrevió a proclamar la independencia absoluta “de España y de cualquier otra nación extranjera”, convirtiéndose en la primera ciudad de la Nueva Granada en hacerlo, y en la que Simón Bolívar puso el ojo para llevarse en campaña a cuatrocientos vecinos que le ayudaron en su entrada triunfal en Caracas.

 

 

 

 

 

La mejor manera de recorrer Mompox es a pie muy temprano en la mañana o cuando cae el sol –el resto del día no olviden su sombrero y también mantenerse bien hidratados porque las temperaturas son altísimas-, en bicicleta (hay un servicio de alquiler en un café diagonal a la Inmaculada Concepción) o en un moto-taxi a modo de los rickshaw de la India. En uno de ellos, manejado por Rafael, llego hasta el barrio de Santa Bárbara a casa de Dora Ibáñez, “La Mona” como la llaman cariñosamente desde pequeñita, quien tiene fama de preparar las mejores butifarras, incluso más ricas que de las de La Soledad, declarada “Capital Mundial” de este sabroso embutido. “¿Mi secreto? Limón en la masa, pimienta picante y de olor, ahumarlas bien, dorarlas en la parrilla y mucho amor” me dice. La suyas no las vende fuera de su casa pero otras también sabrosas las pueden encontrar como hice yo en cualquier esquina.

 

 

queso de capas mompox

 

Mompox también es famoso por su queso de capa que puede hasta competir con la mejor de las mozzarellas italianas y que pruebo recién hecho en la fábrica familiar de Jairo Olivero, entre las calles Jaén y Pinto. Se deshace en la boca, con dulce de guayaba también está exquisito y acompañado de casabitos de yuca les cuento que es una experiencia mística. “Si vienes hasta aquí y no pruebas el queso de capa es como si no hubieras venido” reza el dicho. Pues yo después de este viaje me declaro adicta a esta ambrosía.

 

 

 

 

 

El momposino mantiene su casa abierta –no sean tímidos y cotilleen por las ventanas, no está mal visto-, es hospitalario y recibe con gusto las visitas. Al grito de “Buenasss” -imitando más mal que bien el acento cantarín y costeño de los momposinos-, me cuelo en la de Doña Ada para probar sus archiconocidos dulces de limón de los que se come la corteza y se deshecha la pulpa, quién lo diría, y que cocina a punta de leña en el fogón del patio trasero, fiel a la tradición de su madre Adalgiza Mejía, ya fallecida. No soy muy golosa pero estos dulces que pruebo bañados en almíbar son algo del otro mundo.

 

Pero tomen nota porque en Mompox se preparan muchas otras delicias: el sancocho de gallina criolla que no falta en los cumpleaños, la arepa´e huevo del puestico de Yomaira Garcíafrente a la iglesia de Santo Domingo al que voy a desayunar mañana sí, mañana no, saltándome dietas y sin pensar en calorías, el jugo de corozo mi fiel aliado en este viaje contra el calor, los pescados de los restaurantes sobre La Albarrada como el bocachico con arroz con coco que devoro a mediodía, el ayaco momposino, el pan de queso como el que vende Doña Cucha y que me comería por kilos, los dulces de Doña Blanca cuyo obrador huele a almojábanas y galletas, los buñuelos en agua de azahares y los pastelitos de Noemí “La Gorda”, en el Barrio Norte, hechos de arroz y envueltos en hojas de bijao a modo de tamalitos, que me lleva a probar una de las noches Juan Manuel Galeano, propietario del Hostal La Casa del Viajero y otro excelente guía, les aseguro.

 

 

 

En Mompox toda casa tiene no una sino varias mecedoras en las que al caer la tarde se sientan los vecinos para tomar el fresco y ver pasar la vida. Rodolfo Felizzola, miembro de la Asociación de Artesanos de la Isla de Mompox y ebanista, me recibe en la terraza de su casa, pintada de verde a la que da sombra un “maíz tostao” –coccoloba acuminata es su nombre científico-, balanceándose junto a su perra “Victoria” en una “momposina” fabricada por él mismo. “La mecedora es nuestra identidad, quien no la tiene hace todo lo posible por conseguir una. Un niño de pañales ya sabe lo que es porque en ella su mamá lo acuna. Yo jamás me siento en una silla”, me asegura. “Las Abuelitas” son las originales y con su espaldar tallado, aunque incómodas para sentarse, eran todo un lujo; las de ahora combinan la madera con un plástico parecido al mimbre. Si quieren comprar una no se preocupen por el transporte porque las envían a cualquier sitio.

 

Es viernes en la mañana y me encuentro en su casa con Simón Villanueva quien con sus 87 años es uno de los joyeros con más años de Colombia, además de maestro de la filigrana momposina, ese arte que teje el mundo con dobleces, círculos y espirales en delgadísimos hilos de plata. “Yo con el trabajo acumulo juventud” me dice este gigante de casi dos metros de altura entregado a este mundo microscópico y paciente que ha colocado a Mompox en el mapa del mundo y que me tiene embobada con su humor y energía. “¿Y no se le acaban los ojitos con tanto trabajo?, le pregunto: “No y hasta podría hacerlo con los ojos cerrados”, me asegura, mientras se ríe a carcajadas y se esmera en un broche en forma de corazón con la tijera, la pinza, la tenacilla de boca y la de punta. De lunes a sábado lo encontrarán trabajando en la puerta de su casa, en una mesa sentado en una silla de la que no se levanta ni para almorzar según me dice. Venga a verlo, no lo duden, es una leyenda viva.

 

 

En Mompox la filigrana se trabaja como hace cientos de años, no hay maquinaria nueva ni herramientas sofisticadas y el tintineo de los martillos sigue sonando como antaño. En uno de los talleres veo fundirse la plata –el oro hace años que dejó de trabajarse- y aplanarse hasta obtener unos delgadísimos hilos del grosor de un cabello que dan forma a delicadas lágrimaslibélulasrositasmariposas y hasta unos pescaditos inspirados en los que fabricaba en “Cien años de soledad” el coronel Aureliano Buendía. Siempre he sido un desastre para los trabajos manuales, paciencia desgraciadamente tengo bien poca y con la edad estoy perdiendo vista, así que mal fichaje sería yo para trabajar en uno de esos talleres momposinos.

 

 

 

 

A eso de las cinco de la tarde, antes de que caiga el sol, les propongo dos planes, yo los hice y los disfruté de lo lindo: en la Calle de la Albarrada, a la altura de la iglesia de San Francisco, contraten un lanchero para que les cruce al otro lado del río y esperen con él el atardecer frente al antiguo mercado; ver Mompox reflejado en el Magdalena es una locura. Visiten el cementerio, uno de los más lindos de Colombia, al que los arreboles de la tarde le dan un aire del otro mundo; verán muchos gatos campando a sus ancha hasta por encima de las tumbas, pregunten por su historia –no quiero adelantarles nada, mejor investiguen-, e indaguen también sobre los símbolos masónicos.

 

 

 

Arquitectura e historia aparte, Mompox reposa sobre uno de los brazos en los que se bifurca el río Magdalena a su paso por la llamada depresión momposina, un delta interior de gran tamaño en el que hay ciénagas, pantanos y caños de exuberante vegetación y gran variedad faunística. Antes de venir hasta aquí ni idea tenía de esta riqueza natural así que es toda una sorpresa, y uno de los mejores planes del viaje, el paseo en chalupa hasta la Ciénaga de Pijiño, esa inmensidad de aguas tranquilasver a las garzas abrir nuestro camino, los gavilanes,las sardinitas saltando en la proa de nuestra embarcación y las iguanas cargar pilas bajo el sol me proporciona la felicidad absoluta.

 

 

calles de mompox toya viudes

 

 

Después de cuatro días dejo Mompox sonando en mi cabeza ese paseo de José Barros que dice “mi vida está pendiente de una rosa, ella es hermosa y aunque tenga espinas me la voy a llevar a mi ranchito porque es muy linda mi rosa momposina” y una invitación: vengan a Mompox, llegar ya no es tan difícil como dicen y aquí les espera mucha belleza, gente muy linda, un festival de Jazz de los grandes en octubre y una historia en cada esquina.

 

Si quieren ver más fotos de éste y de otros de mis viajes por Colombia visiten mi página de Facebooken Twitter e Instagram me encuentran como @colombiadeuna.

 

Mompox forma parte de la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia (http://www.pueblospatrimoniodecolombia.travel/), una estrategia puesta impulsada por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, con el apoyo del Fondo Nacional del Turismo (Fontur) para fomentar el desarrollo sostenible, la apropiación del patrimonio y la participación de la comunidad en el desarrollo de los municipios que reúnen mayor valor histórico y a la vez turístico en el país.

 

Cómo llegar

Los dos aeropuertos más cercanos son Cartagena y Corozal

Por carretera existe servicio puerta a puerta desde Cartagena, Santa Marta, Valledupar y Barranquilla (para horarios y reservas pregunten en su hotel)

Desde Medellín y Bogotá, bus directo con Copetrán

Dónde dormir

Hotel Boutique Bioma / www.bioma.co

Hostal La Casa El Viajero / www.lacasadelviajeromompox.com

Dónde comer

Ambrosía. Calle del Medio, frente a la Plaza de la Libertad

Puerto Bambú. Plaza de la Inmaculada Concepción

Comedor Costeño. Calle de la Albarrada

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